El gigante egoísta: Reflexiones del pilar social del desarrollo sostenible

abril 22, 2022 Artículos, Post

Pilar Social Sostenible


El desarrollo sostenible se entiende como la capacidad de “Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades” (Informe Brundtland, 1987)
Es un concepto antiguo que nos ha costado llevar a la práctica. Lo interesante es que esta primera definición, al hablar explícitamente de equidad intergeneracional, manifiesta lo prioritario que es la dimensión social del desarrollo sostenible.

Las dimensiones del desarrollo sostenible


El desarrollo sostenible tiene tres dimensiones interrelacionadas: económica, medioambiental y social. A estas alturas es de sentido común que las empresas deben ser sostenibles económicamente y que es un imperativo que gestionen, reduzcan y eliminen sus impactos negativos en los ecosistemas. Sin embargo, la dimensión social parece quedar rezagada y ser menos comprensible.
El pilar social del desarrollo sostenible se vincula con nociones de equidad, justicia, derechos humanos, bienestar de la humanidad en su conjunto. Básicamente que nadie quede atrás. El problema estriba en que para muchos estas ideas resultan muy abstractas, o buenistas, o un asunto del que deben hacerse cargo los estados y no los privados. A muchas organizaciones les cuesta ver, entonces, cuál es el rol que les atañe, en tanto agentes privados, en la dimensión social del desarrollo sostenible.

¿Qué es lo social en el desarrollo sostenible?


En trazos muy gruesos, lo social remite a las personas. En el caso de una organización con fines comerciales, esas personas son un conjunto diverso de mujeres y hombres con distintos roles, ya sea aportando con su trabajo, proveyendo productos o servicios o adquiriendo los que genera la misma empresa y, por cierto, las comunidades aledañas.
Son cada vez más las organizaciones para las cuales la preocupación por el bienestar de quienes trabajan para ellas es un tema prioritario y realizan acciones para disminuir sus brechas salariales, avanzar en equidad de género, inclusión y diversidad, capacitar, mejorar y ampliar beneficios, entre otros. Lo anterior, en el entendido que todas estas acciones (además de ajustarse a las normativas legales vigentes) son, antes que gastos, inversiones, toda vez que propician la generación de buenos climas laborales, los que permiten retener talentos, mejorar la productividad y tener una buena imagen organizacional, entre otros. Al final del día, el bienestar de las personas permite la sostenibilidad de las organizaciones.


Pero ¿Qué pasa con las organizaciones que proveen insumos y servicios y las comunidades locales? ¿Por qué debiesen estar consideradas en las estrategias de sostenibilidad de las organizaciones?

El gigante egoísta


Hace ya bastantes años, una señora de Quintay – ella con bastantes años a cuestas – me contó sus recuerdos de cuando se había instalado la planta ballenera en la caleta. Eso ocurrió a principios de los años ’40. Recordaba, entre otras cosas, que la planta ballenera tenía luz eléctrica y que no la había compartido con el pueblo. Habían pasado 50 años.
Quizás alguien piense que se trataba de una mujer resentida. Pero visto desde la empatía, se trata una mujer que, como tantas, vio como una industria se instaló en su pequeño y escasamente poblado terruño, llenó el lugar de un olor nauseabundo y, además, no contribuyó al desarrollo local. La ballenera era una especie de gigante egoísta que solamente compartió con el territorio sus impactos negativos.

Las comunidades se han empoderado


Han pasado décadas y las comunidades se han empoderado. Ya no están dispuestas a recibir únicamente las externalidades negativas del progreso. Se organizan y son capaces de frenar, mediante diversas tácticas y estrategias, la instalación de proyectos que perciben como perjudiciales para sus comunidades y entornos naturales.


Hay casos paradigmáticos de empresas mineras, pesqueras, forestales y tantas otras, que se han hecho fama por sus impactos negativos. Actualmente, la sola mención de sus nombres basta para que las comunidades se organicen con tal de no tenerlas como vecinas.
Perdieron su licencia para operar, al punto que muchas de sus iniciativas para mitigar los impactos o invertir en desarrollo local, son interpretadas como greenwashing u otras estrategias destinadas a limpiar imágenes altamente mancilladas. Con razón, las más de las veces.


Aunque esos son casos extremos de gigantes egoístas con una pésima relación con las comunidades aledañas, también hay otras organizaciones que, con impactos menores, no integran a las comunidades en sus estrategias. Quizás estas organizaciones se cuestionen por qué habrían de hacerlo, ya que las comunidades son externas a la organización. Es posible que esta distancia se funde en que desconocen la importancia y beneficios aparejados a trabajar con y desde lo local.


Por otra parte, hay organizaciones que desarrollan iniciativas en pos de las comunidades aledañas. Así, invierten en programas culturales, proyectos de reciclaje y otros. Lo que está bien. Pero más de alguien totalmente crítico puede interpretar estas iniciativas como un asunto de marketing e imagen corporativa. Esta arista es importante, sí. Además, buenas relaciones con la comunidad propiciarían la continuidad de las operaciones de las organizaciones.
Pero quizás, el desafío no está solo en aportar a lo local, sino que insertarse en el territorio. En otros términos, más que pensar a las comunidades como algo externo a las organizaciones, las organizaciones debiesen pensarse como parte de esas mismas comunidades.
Me parece que insertarse en lo local –con relaciones fundadas en el respeto y la colaboración – puede generar una cadena virtuosa con beneficios para las organizaciones, los ambientes y las comunidades locales.

Simulemos un caso de un Gigante «No Egoísta»


Supongamos que una organización se instala en un territorio y necesita personas que cuenten con ciertas calificaciones particulares. Puede contratar gente externa. Pero también podría invertir en la capacitación de agentes locales. Esta alternativa trae consigo beneficios para la organización y las comunidades.
Al contratar agentes locales, las organizaciones pueden contar con gente conocedora del territorio, su historia y patrimonio, sus dinámicas. Eso es invaluable.


Por otra parte, las oportunidades laborales locales desincentivan la migración a centros urbanos densamente poblados o largos traslados dentro de las mismas ciudades. Menos horas de traslado, por cierto, impacta en la calidad de vida de las personas. Pero esos trayectos más cortos de las personas ¡también inciden en la huella de carbono de la empresa!
Lo mismo ocurre con las organizaciones que proveen materias primas y servicios. Muchas veces las empresas locales no cuentan con las formalidades o capacidades necesarias para responder a las demandas de empresas medianas o grandes. A primer vista, resulta más rápido y fácil contratar a empresas externas

Otro camino posible, más largo y lento, sería instalar esas capacidades en agentes locales. Esta última alternativa es la que aporta al desarrollo local, permitiendo a la organización mitigar una serie de sus propios impactos.
Por ejemplo, en la medición de huella de carbono, también se considera los traslados asociados a la adquisición de materias primas. Si los insumos se compran en el exterior o alejados de los centros de operación, la huella es mayor. Por el contrario, si se trabaja con agentes locales, las distancias se acortan y la huella de carbono de la organización disminuye.
A la vez, trabajar con agentes locales le permitiría a una organización asegurar la provisión de bienes y servicios para su operación en el tiempo y a un costo menor de lo que significaría hacerlo con alternativas más alejadas geográficamente.
Así, insertarse en los territorios propiciaría el desarrollo local, pero también disminuiría la huella de carbono y aportaría al medio ambiente.

Escrito por:

Paula de la Fuente Stranger, Especialista en Género, Aporto Consultoría.

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